jueves, 4 de julio de 2013

Bonet de San Pedro - Rascayú


En 1943 Bonet de San Pedro cosechó un exitazo titulado Raska-Yú nuevamente de actualidad por un anuncio publicitario. No tardó en ser censurado por parte del régimen instaurado en España durante esa época la razón fue la que la iglesia consideraba una canción que trata sobre necrofilia y la se mofaba de los difuntos...en fin..


El caso es que es una canción muy conocida, tanto, que ha pasado por generaciones enteras dado su pegadizo estribillo pero detrás de sus macabros versos se esconde una leyenda tan trágica como siniestra.Vamos primero a la sospecha de plagio que se cierne sobre la canción.
Esta canción que adjunto aquí abajo, la compuso el Maestro Alberto Villalón, y la cantaron gran cantidad de artistas, curioso el parecido escandaloso de la letra ¿no te parece?



Lo interesante de todo esto es que la historia podría ser cierta. Según publica el semanal tentaciones de "El País" 
Para dar fe de ello, hay que remontarse a los albores del siglo XX en La Habana, en el preciso instante en que Francisco Caamaño de Cárdenas -un joven aspirante a poeta y colaborador ocasional de prensa de la época- sufrió la pérdida de su prometida (Irene Gay, de apenas 18 años) víctima de la tuberculosis. Respetando la última voluntad de la muchacha, es enterrada con su traje de novia y cubierta bajo un manto de flores blancas en el llamado "tramo de los pobres" de la Necrópolis de Colón. Sus restos serían exhumados a los tres años para pasar a engrosar el osario común del camposanto, una práctica común entre las familias más humildes, incapacitadas para sufragar las cuantiosas tarifas funerarias. Francisco intentó en vano recaudar fondos para cubrir las cuotas. En un último y desesperado intento por preservar el descanso eterno de su amada, recurrió a un amigo cirujano para reclamar el esqueleto de Irene, alegando que sería donado para un supuesto estudio anatómico.
Sin embargo, cuando Francisco se presentó ante los sepultureros éstos le comunicaron que el permiso del médico no tenía validez ya que, al ser la causa de la muerte una enfermedad infecciosa, los despojos no podían salir del recinto para evitar contagios. Aún así, Francisco consiguió finalmente eludir los obstáculos burocráticos mediante el soborno. Una vez en su casa, decidió poner a buen recaudo los restos de Irene; de ese modo, llegado el momento de su muerte, los dos podrían al fin descansar juntos.
Es en este punto donde la realidad difiere de la ficción: Francisco, lejos de "celebrar sus bodas con la muerta", conservó lo que quedaba de ella con auténtica devoción e infinito respeto. Por desgracia, los rumores de su pasión necrófila comenzaron a circular por la villa. El miedo de sus vecinos a un posible brote tuberculoso y el temor ante las posibles represalias policiales, obligaron al joven a poner tierra de por medio.